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| Reiner Hoffmann |
La globalización económica está atravesando un proceso de fuerte aceleración. A partir de los avances de la tecnología de la información y la política comercial internacional está permeando casi todos los sectores de la economía, pero también nuestra forma de vivir. Al mismo tiempo, las barreras arancelarias y técnicas al comercio se están desmantelando en el marco de una amplia liberalización de los mercados, mientras se intensifica la competencia internacional. Como consecuencia, los flujos comerciales y de inversiones globales se han multiplicado por diez desde finales de los años 80.
Los beneficios de los enlaces positivos de la globalización se han hecho presentes en nuestra vida cotidiana en lo económica y cultural a tal punto que no podemos imaginarnos una vida sin ellos. Los niveles de prosperidad han aumentado fuertemente. Sin embargo, el aspecto negativo de este proceso es la presión que la competencia ejerce sobre los salarios y las condiciones laborales. Esto vale para Alemania y los otros países miembro de la Unión Europea (UE) y abarca también las desastrosas condiciones de trabajo en los países del Tercer Mundo y los estados integrantes del grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Cada vez más, los trabajadores sufren el grueso del peso de la competencia creciente, mientras los estándares sociales están soportando presiones más intensas. No debe sorprender que la distribución de la riqueza creciente sea sumamente desigual. Mientras el uno por ciento más rico de la población mundial se beneficia claramente de la globalización, los ingresos de amplios sectores de clase media de los países industrializados se han estancado y los más pobres de la población mundial sufren la reducción de sus ingresos.
Los beneficios de los enlaces positivos de la globalización se han hecho presentes en nuestra vida cotidiana en lo económica y cultural a tal punto que no podemos imaginarnos una vida sin ellos. Los niveles de prosperidad han aumentado fuertemente. Sin embargo, el aspecto negativo de este proceso es la presión que la competencia ejerce sobre los salarios y las condiciones laborales. Esto vale para Alemania y los otros países miembro de la Unión Europea (UE) y abarca también las desastrosas condiciones de trabajo en los países del Tercer Mundo y los estados integrantes del grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Cada vez más, los trabajadores sufren el grueso del peso de la competencia creciente, mientras los estándares sociales están soportando presiones más intensas. No debe sorprender que la distribución de la riqueza creciente sea sumamente desigual. Mientras el uno por ciento más rico de la población mundial se beneficia claramente de la globalización, los ingresos de amplios sectores de clase media de los países industrializados se han estancado y los más pobres de la población mundial sufren la reducción de sus ingresos.







